Prohibir el teléfono móvil puede ayudar a recuperar la atención dentro del aula, pero no resuelve por sí mismo el desafío educativo de una generación que tendrá que aprender a distinguir información fiable de contenido engañoso, gestionar las distracciones y utilizar la tecnología con criterio.
Hay una escena cada vez más común en las escuelas: una clase comienza, el profesor explica y, en algún momento, una pantalla se ilumina debajo del pupitre. Una notificación. Después otra. El estudiante mira apenas unos segundos y vuelve al cuaderno. Parece un gesto pequeño, pero la atención ya cambió de lugar.
El problema no es imaginario. Los resultados de PISA 2022 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, muestran que alrededor del 30 % de los estudiantes declaró distraerse utilizando dispositivos digitales en la mayoría o en todas sus clases de matemáticas. Además, quienes reportaron distraerse con frecuencia obtuvieron, en promedio, 15 puntos menos en matemáticas que quienes casi nunca experimentaban esa distracción, incluso después de considerar características de estudiantes y escuelas.
Ante estos datos, resulta comprensible que numerosos sistemas educativos hayan optado por restringir los teléfonos. La tendencia ha crecido con rapidez. De acuerdo con el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo de la UNESCO, para marzo de 2026 ya eran 114 los sistemas educativos que contaban con una prohibición nacional del uso de teléfonos móviles en las escuelas, equivalente al 58 % de los países.
Hasta aquí, la lógica parece sencilla: si el teléfono distrae, se retira el teléfono. Y, en efecto, la OCDE encontró que los estudiantes tienen menos probabilidades de reportar distracciones cuando existe una prohibición del uso de celulares en las instalaciones escolares.
Pero hay un detalle que complica la respuesta. La misma investigación muestra que las prohibiciones no siempre se cumplen. En promedio, alrededor del 30 % de los estudiantes de escuelas donde el teléfono estaba prohibido declaró utilizar un smartphone varias veces al día. El dato revela una realidad incómoda: una norma puede retirar el dispositivo del aula, pero no necesariamente enseña al estudiante a gobernar su relación con él.
Y esa capacidad será necesaria fuera de la escuela.
Un adolescente tendrá que enfrentarse a publicidad personalizada, noticias falsas, videos manipulados, contenidos generados mediante inteligencia artificial, estadísticas presentadas de manera engañosa y redes sociales diseñadas para mantener su atención. En ese escenario, saber apagar el teléfono es útil. Saber por qué conviene apagarlo, cuándo utilizarlo, qué información creer y cómo comprobar una fuente resulta todavía más importante.
La UNESCO plantea precisamente esta tensión. Su Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo advierte que limitar el uso del teléfono puede reducir las distracciones, pero no elimina la necesidad de enseñar a los estudiantes a desenvolverse en entornos digitales. La escuela sigue siendo uno de los espacios fundamentales para desarrollar alfabetización digital y pensamiento crítico.
Esto tampoco significa convertir cada clase en una sucesión de pantallas. La tecnología no mejora automáticamente el aprendizaje por el simple hecho de estar presente. La UNESCO ha advertido que la evidencia sobre el valor añadido de la tecnología educativa sigue siendo limitada y que su utilidad depende de cómo y para qué se incorpora a la enseñanza.
La OCDE encuentra algo parecido. Sus datos muestran que un uso moderado de dispositivos digitales para actividades de aprendizaje puede asociarse con mejores resultados, mientras que el uso excesivo o destinado a fines ajenos a la enseñanza presenta mayores riesgos de distracción. En otras palabras, la pregunta educativa no debería ser solamente «¿teléfono sí o no?», sino «¿qué uso tiene, durante cuánto tiempo y con qué propósito?».
Ahí aparece una alternativa más exigente que la simple prohibición: la mediación pedagógica. Significa establecer momentos concretos para utilizar el dispositivo, definir objetivos, limitar las notificaciones, enseñar a verificar información y pedir al estudiante que explique por qué considera fiable una fuente. El teléfono deja entonces de ser un objeto que simplemente se permite o se castiga y se convierte en una herramienta cuyo uso debe aprenderse.
También puede haber momentos en los que la mejor decisión sea guardarlo. Una conversación cara a cara, una explicación compleja, una lectura profunda o un ejercicio que requiere concentración pueden necesitar precisamente lo contrario de otra aplicación abierta. La competencia digital incluye también saber cuándo desconectarse.
Para los padres, esta discusión plantea una pregunta que va más allá del reglamento escolar. ¿Queremos que nuestros hijos sepan obedecer una prohibición o que desarrollen criterios para tomar buenas decisiones cuando nadie esté vigilándolos?
La respuesta no tiene por qué ser radical. Una escuela puede restringir el smartphone durante determinadas actividades para proteger la atención y, al mismo tiempo, enseñar competencias digitales de manera intencional. Ambas decisiones no son contradictorias. De hecho, pueden complementarse.
Porque el verdadero desafío educativo no consiste en elegir entre tecnología y escuela. Consiste en conseguir que la tecnología permanezca al servicio del aprendizaje y no que el aprendizaje termine compitiendo por la atención con la tecnología.
El teléfono móvil puede esperar. La formación del criterio, no.