La escuela también debe enseñar a gestionar las emociones

Enseñar a los niños a reconocer lo que sienten, manejar la frustración y resolver conflictos puede ser tan importante para su desarrollo como aprender matemáticas o lectura, especialmente cuando la escuela enfrenta el desafío del acoso y el deterioro del bienestar emocional.

Durante años, la escuela fue entendida principalmente como el lugar donde los niños adquirían conocimientos académicos. Sin embargo, esa visión resulta cada vez más limitada frente a una realidad cotidiana: un estudiante difícilmente puede concentrarse en una clase cuando vive con miedo, se siente aislado o no sabe cómo expresar lo que le ocurre.

De ahí cobra importancia el aprendizaje socioemocional, una estrategia educativa que busca desarrollar capacidades como la autorregulación, la empatía, la comunicación, la toma de decisiones y la resolución pacífica de conflictos. La idea no consiste en convertir al profesor en terapeuta, sino en incorporar herramientas que permitan a los alumnos comprender mejor sus emociones y relacionarse de manera más saludable con quienes los rodean.

La evidencia acumulada resulta significativa. Un metaanálisis publicado en 2023 en la revista Child Development, que reunió 424 estudios realizados en 53 países y más de 575.000 estudiantes, encontró que los programas universales de aprendizaje socioemocional se asociaron con mejoras en las habilidades emocionales y sociales, el comportamiento, las relaciones entre compañeros, el clima y la seguridad escolar, además del funcionamiento académico. El trabajo fue encabezado por investigadores vinculados con la Universidad de Yale y otras instituciones académicas.

La relación con el rendimiento escolar no es un detalle menor. Un análisis anterior, publicado por Joseph Durlak y sus colaboradores, encontró mejoras académicas equivalentes a un incremento de 11 puntos percentiles entre los estudiantes que participaron en programas de este tipo. La investigación también registró avances en comportamiento y habilidades sociales. Es decir, aprender a manejar una emoción difícil no necesariamente compite con las matemáticas, la lectura o las ciencias; puede crear mejores condiciones para aprenderlas.

Y es que el acoso escolar suele prosperar precisamente donde existen relaciones deterioradas, aislamiento y dificultades para pedir ayuda. Trabajar desde el aula la empatía, la comunicación asertiva y la resolución de conflictos puede ayudar a que los estudiantes reconozcan situaciones de violencia, comprendan sus consecuencias y sepan cuándo intervenir o solicitar apoyo.

El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos ha destacado, además, el valor de la llamada conexión escolar: la percepción de que profesores y compañeros se preocupan por el estudiante, lo valoran y apoyan su aprendizaje. Sus investigaciones relacionan una mayor conexión con mejores resultados académicos y menor presencia de diversos problemas de salud y conducta. En otras palabras, sentirse parte de la escuela también puede convertirse en una forma de protección.

La Organización Mundial de la Salud coincide en que las escuelas pueden desempeñar un papel relevante en la promoción del bienestar mental. En sus orientaciones señala que los programas escolares destinados a fortalecer el aprendizaje social y emocional y las estrategias de afrontamiento positivo forman parte de los enfoques comunitarios que pueden contribuir a prevenir problemas de ansiedad. Pero hay una precisión importante: estas herramientas no sustituyen la atención psicológica o médica cuando un niño presenta un trastorno de ansiedad u otra condición que requiere tratamiento.

Por eso, la prevención debe comenzar antes de que aparezca una crisis. Una clase puede reservar unos minutos para identificar emociones; un conflicto en el recreo puede transformarse en una oportunidad para practicar la escucha y la negociación; un alumno que permanece aislado puede recibir acompañamiento antes de que su silencio se convierta en una señal ignorada.

La investigación también advierte que no basta con añadir un programa al calendario escolar y esperar resultados. El metaanálisis contemporáneo publicado en Child Development encontró diferencias importantes según el contexto y la calidad de la implementación. Otra revisión publicada en 2024 sobre los componentes de estos programas señaló la importancia de preparar también a los docentes y de mantener una aplicación suficientemente consistente.

La verdad es que ningún ejercicio de respiración, dinámica grupal o sesión sobre empatía puede resolver por sí solo un problema de violencia escolar. Hace falta una comunidad educativa coherente, reglas claras, adultos disponibles y canales seguros para denunciar. También es indispensable que las familias y los servicios especializados formen parte de la respuesta cuando la situación lo requiera.

La escuela, entonces, no tiene que elegir entre enseñar contenidos y cuidar el bienestar emocional. Puede hacer ambas cosas. Cuando un niño aprende a reconocer su miedo, poner límites, escuchar al otro y pedir ayuda, adquiere herramientas que no terminan al salir del salón de clases. Las llevará consigo durante la adolescencia y, probablemente, mucho después.