Educar para vivir con seguridad en internet

La prevención de los riesgos digitales en la infancia no puede reducirse a prohibir teléfonos o redes sociales: la escuela debe enseñar a niñas y niños a reconocer el ciberacoso, proteger sus datos, comprender las consecuencias de lo que publican y tomar decisiones responsables en un entorno que ya forma parte de su vida cotidiana.

Para una generación que crece entre teléfonos, videojuegos, plataformas de video y redes sociales, internet dejó de ser un espacio separado de la vida escolar. Es un lugar donde se aprende, se juega, se conversa y también donde pueden surgir conflictos. UNICEF México señala que casi ocho de cada diez niñas y niños de 6 a 11 años utilizan internet, mientras que entre los adolescentes el acceso supera el 95 %. La dimensión del fenómeno obliga a cambiar una pregunta: más que decidir si los menores estarán conectados, se trata de enseñarles a hacerlo con seguridad.

El riesgo no se limita al ciberacoso. La OCDE identifica distintas categorías de amenazas en el entorno digital infantil, entre ellas los riesgos de contenido, conducta, contacto y consumo. A estas se suman problemas relacionados con la privacidad y el uso de datos personales. Una fotografía, una ubicación, el nombre de una escuela o incluso una publicación aparentemente inofensiva pueden convertirse en parte de una huella digital difícil de borrar.

La propia OCDE explica que los datos de los menores pueden existir como información que ellos mismos proporcionan, rastros digitales generados por su actividad o información inferida a partir de esos datos. Esto vuelve insuficiente la vieja recomendación de «no hablar con desconocidos». La educación digital necesita explicar qué información se comparte, quién puede verla, para qué puede utilizarse y qué consecuencias puede tener hacerlo sin comprender las condiciones de una plataforma.

El ciberacoso requiere una atención particular. Según UNICEF México, el Módulo sobre Ciberacoso 2024 del INEGI registró que 23 % de los adolescentes mexicanos de 12 a 17 años que utilizan internet había experimentado alguna forma de ciberacoso. No se trata solamente de mensajes ofensivos. Puede incluir difusión de rumores, amenazas, humillaciones, publicación de imágenes vergonzosas o suplantación de identidad. Además, la agresión digital puede acompañar al menor hasta su propia casa.

Frente a esta realidad, las metodologías activas ofrecen una alternativa más eficaz que una charla ocasional sobre «peligros de internet». Un docente puede plantear un caso ficticio basado en situaciones reales: un alumno recibe en un grupo escolar una fotografía humillante de un compañero. Los estudiantes deben decidir qué hacer, identificar los riesgos, distinguir entre ayudar y participar en la agresión y construir un protocolo de actuación. No se trata solo de saber la respuesta correcta, sino de practicar el juicio que necesitarán fuera del aula.

El aprendizaje basado en proyectos permite llevar esa lógica más lejos. Un grupo puede diseñar una campaña de convivencia digital para su propia escuela, elaborar mensajes de prevención, analizar configuraciones de privacidad y presentar recomendaciones a otros estudiantes. La actividad combina investigación, comunicación, trabajo colaborativo y resolución de problemas. Y, sobre todo, convierte al alumno en participante de la prevención, no en receptor pasivo de advertencias.

La OCDE ha señalado que la educación tiene un papel central para desarrollar una ciudadanía digital activa, responsable y ética. Esto supone enseñar no solamente habilidades técnicas, sino también criterios para convivir en línea. Un niño puede saber configurar una cuenta y, aun así, no comprender por qué publicar una fotografía de otra persona sin permiso puede dañarla. La competencia digital necesita incorporar empatía, responsabilidad y pensamiento crítico.

La privacidad debe trabajarse desde situaciones concretas. En lugar de memorizar una lista de datos personales, los alumnos pueden clasificar ejemplos: una contraseña, una fotografía familiar, una ubicación en tiempo real, el nombre de una mascota o una opinión publicada en una cuenta abierta. Después pueden discutir qué información compartirían, con quién y bajo qué condiciones. Así, el concepto deja de ser abstracto y adquiere relación con decisiones cotidianas.

También es fundamental que la escuela enseñe qué hacer cuando algo sale mal. UNICEF recomienda buscar a un adulto de confianza, conservar evidencias, evitar represalias, bloquear y reportar al agresor cuando ocurre ciberacoso. La respuesta institucional debe acompañar esas acciones y ofrecer canales seguros para pedir ayuda. Un menor que teme ser castigado por contar lo sucedido puede permanecer en silencio justamente cuando más necesita protección.

La prevención tampoco puede recaer exclusivamente en los docentes. La OCDE propone una respuesta que involucre a escuelas, familias, gobiernos y empresas tecnológicas, porque los riesgos digitales no desaparecen al terminar la jornada escolar. La familia necesita conversar sobre privacidad y comportamiento; la escuela debe formar competencias; y las plataformas tienen responsabilidades en materia de seguridad y protección infantil.

Educar en ética digital, en definitiva, no significa enseñar a los niños a tener miedo de internet. Significa darles herramientas para moverse en él con criterio. La pantalla puede ser una ventana al conocimiento, pero también puede convertirse en escenario de violencia o exposición innecesaria. La diferencia no depende únicamente de la tecnología. Depende, en buena medida, de que desde la escuela se aprenda a utilizarla con responsabilidad, respeto y conciencia de las consecuencias.