El Aprendizaje Basado en Proyectos puede fortalecer el rendimiento académico, la retención y las habilidades de pensamiento cuando se aplica con objetivos claros y acompañamiento docente, pero su consolidación en las secundarias mexicanas enfrenta una barrera concreta: las desigualdades de infraestructura y acceso tecnológico.
Durante años, la enseñanza escolar se apoyó en una fórmula conocida: el profesor explica, el estudiante escucha, toma apuntes y después demuestra lo aprendido mediante un examen. Las metodologías activas proponen modificar esa dinámica. En lugar de colocar al alumno como receptor de información, lo convierten en participante de una investigación que puede terminar en una propuesta, un prototipo, una exposición o una solución para un problema cercano.
El Aprendizaje Basado en Proyectos, conocido como ABP, es una de las expresiones más visibles de este cambio. Su planteamiento parte de preguntas o problemas que requieren investigación, planificación, colaboración y elaboración de un producto final. Bien diseñado, un proyecto puede hacer que una lección de ciencias salga del libro de texto para convertirse, por ejemplo, en un estudio sobre la calidad del agua de una comunidad, o que las matemáticas se utilicen para analizar el consumo de energía de la propia escuela.
La ventaja está precisamente en esa conexión. El conocimiento deja de aparecer como una colección de datos que deben memorizarse y comienza a utilizarse para resolver algo concreto.
La evidencia científica ofrece razones para tomar en serio este modelo, aunque también obliga a evitar triunfalismos. Un metaanálisis publicado en Educational Research Review analizó 30 estudios, 46 comparaciones y 12 mil 585 estudiantes de 189 escuelas en nueve países. Encontró un efecto positivo de magnitud media a alta del ABP sobre el rendimiento académico frente a la enseñanza tradicional. El mismo trabajo, sin embargo, encontró que los resultados variaban según la asignatura, la ubicación de la escuela, las horas de instrucción y el apoyo tecnológico. Según este estudio, la tecnología no es un elemento accesorio cuando las condiciones del proyecto dependen de ella.
Una revisión de 2026 que reunió 15 metaanálisis llegó a una conclusión parecida: el ABP presenta una dirección de resultados favorable frente a la enseñanza tradicional en rendimiento académico y habilidades de pensamiento de orden superior. Pero los autores introdujeron una advertencia relevante: las 15 revisiones analizadas recibieron una valoración metodológica críticamente baja mediante AMSTAR 2. Dicho de otra manera, existen señales consistentes de beneficio, pero la certeza sobre el tamaño exacto del efecto todavía es limitada.
La evidencia sobre metodologías activas en un sentido más amplio también apunta hacia la retención. Un metaanálisis de 2023 que examinó 398 estudios sobre rendimiento y 88 sobre retención del aprendizaje encontró efectos positivos de la enseñanza activa frente a la instrucción dirigida exclusivamente por el profesor. Los autores, no obstante, observaron una variación considerable entre estudios y distintos factores que modificaban los resultados.
Esto permite matizar una de las ideas más repetidas alrededor del ABP. No es correcto afirmar que cualquier proyecto escolar garantiza una mayor retención del conocimiento. Lo que muestran las investigaciones es que las metodologías activas y, en particular, determinadas formas de aprendizaje por proyectos pueden favorecer el aprendizaje y la permanencia de los conocimientos cuando su implementación es adecuada.
La diferencia no es menor. Un proyecto no se convierte en ABP de calidad simplemente porque los alumnos trabajen en equipos y presenten una cartulina al final de la semana.
La calidad del diseño importa.
El estudiante necesita enfrentarse a una pregunta que no pueda responderse copiando una definición, buscar información, contrastarla, tomar decisiones y explicar por qué llegó a determinadas conclusiones. El profesor, por su parte, debe establecer objetivos curriculares, acompañar el proceso, detectar errores conceptuales y evaluar lo aprendido, no solamente el producto final.
Por eso el papel del docente cambia, pero no desaparece. La metodología activa exige una intervención profesional distinta: menos centrada en la exposición permanente y más orientada a diseñar experiencias, formular preguntas, ofrecer retroalimentación y ayudar a los estudiantes a conectar conocimientos de diferentes áreas.
También exige tiempo. Un proyecto comunitario sobre residuos, por ejemplo, puede involucrar matemáticas para medir cantidades, ciencias para analizar su impacto, español para elaborar entrevistas y argumentos, y tecnología para presentar los resultados. Esa riqueza interdisciplinaria es una de sus principales fortalezas, pero también hace más compleja la planeación escolar.
Y aquí aparece uno de los problemas más concretos para México.
El Programa Sectorial de Educación de la Secretaría de Educación Pública reportó que durante el ciclo escolar 2023-2024 solo 40.4 por ciento de las escuelas primarias y secundarias públicas contaba con conexión a internet y 49.6 por ciento disponía de computadoras para uso educativo. El mismo documento reconoce que existen escuelas con carencias de infraestructura y señala la necesidad de ampliar instalaciones y laboratorios que permitan aprovechar herramientas digitales.
La cifra corresponde al conjunto de primarias y secundarias públicas, no exclusivamente a las secundarias. Aun así, muestra con claridad que la incorporación de proyectos apoyados en plataformas digitales, bases de datos, videoconferencias o programas especializados no parte de las mismas condiciones en todos los planteles.
Eso no significa que el ABP dependa obligatoriamente de una computadora. Un proyecto puede desarrollarse mediante entrevistas, observación del entorno, experimentos sencillos, mapas, bibliotecas, recorridos comunitarios o materiales disponibles en la escuela. Pensar que la metodología activa sólo funciona con pantallas sería reducir innecesariamente sus posibilidades.
Pero la tecnología puede ampliar considerablemente el alcance de una investigación. Permite consultar fuentes, procesar datos, elaborar mapas, construir presentaciones, realizar simulaciones y colaborar a distancia. Una escuela sin conectividad puede trabajar por proyectos, pero enfrenta mayores dificultades para aprovechar algunas de las herramientas que hoy enriquecen estas experiencias.
Además, la brecha no termina en la puerta de la escuela. Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran que 86.1 por ciento de la población mexicana de seis años y más utilizó internet en 2025. Sin embargo, la proporción fue de 88.9 por ciento en zonas urbanas y 75.2 por ciento en las rurales. El 78.3 por ciento de los hogares reportó disponer de internet.
Para un estudiante, la diferencia puede traducirse en algo muy cotidiano. Un proyecto que exige editar un video, consultar varias fuentes por la noche o trabajar en una plataforma colaborativa no representa el mismo esfuerzo para quien tiene computadora, conexión estable y un espacio tranquilo en casa que para quien depende del teléfono de un familiar o de una conexión pública.
La tecnología puede ayudar a reducir desigualdades, pero también puede profundizarlas si una innovación pedagógica se diseña suponiendo que todos tienen las mismas herramientas.
Por eso, una implementación seria del ABP debería comenzar con una pregunta sencilla: ¿qué problema educativo se quiere resolver? Después vendrían los recursos disponibles. No al revés.
Un buen proyecto tampoco necesita ser gigantesco. En secundaria puede bastar con investigar la cantidad de residuos que genera la escuela, estudiar el consumo de agua, reconstruir la memoria histórica de una colonia mediante entrevistas, analizar la calidad del aire o elaborar una propuesta para recuperar un espacio público.
Lo importante es que exista una pregunta auténtica, que los estudiantes tengan que investigar y que el resultado pueda ser defendido con argumentos.
La evaluación es otro punto delicado. Una presentación atractiva puede esconder una investigación pobre. Un prototipo espectacular tampoco demuestra necesariamente que sus autores comprendan los principios científicos que utilizaron. Si sólo se califica el resultado final, existe el riesgo de premiar las habilidades previas, los recursos familiares o la capacidad de exposición por encima del aprendizaje adquirido durante el proyecto.
El docente necesita, por tanto, observar el proceso. ¿Cómo buscó información el estudiante? ¿Qué fuentes utilizó? ¿Cómo justificó sus decisiones? ¿Qué cambió después de recibir críticas? ¿Qué conocimientos consiguió aplicar? Estas preguntas permiten evaluar algo mucho más importante que la apariencia del producto final.
La evidencia internacional refuerza una idea que a veces se pierde en el entusiasmo por la innovación: el ABP no sustituye la enseñanza, sino que modifica la forma en que se organiza. El contenido curricular continúa siendo necesario. La diferencia está en que los estudiantes tienen más oportunidades de utilizarlo para interpretar y transformar una situación concreta.
En ese sentido, el aprendizaje basado en proyectos puede acercar la escuela a la vida cotidiana. Un problema de contaminación deja de ser sólo un capítulo de ciencias; una encuesta comunitaria convierte los porcentajes en algo tangible; un presupuesto escolar transforma las operaciones matemáticas en decisiones que tienen consecuencias reales.
La verdad es que esa conexión puede ser especialmente valiosa durante la adolescencia, una etapa en la que la pregunta “¿para qué me sirve esto?” aparece con frecuencia en el aula. Un proyecto bien planteado ofrece una respuesta concreta: sirve para entender algo que ocurre alrededor y para intentar modificarlo.
Pero la innovación no puede descansar únicamente sobre el entusiasmo de profesores y alumnos. Si una escuela carece de conectividad, laboratorios, materiales o tiempo suficiente para planificar, el margen de acción se reduce. Y si los docentes no reciben acompañamiento para cambiar sus estrategias de enseñanza, existe el riesgo de convertir el ABP en una etiqueta nueva para actividades que en realidad mantienen la lógica tradicional.
El reto mexicano, por ello, es doble. Hace falta fortalecer las condiciones materiales de las escuelas y, al mismo tiempo, desarrollar capacidades docentes que permitan aprovecharlas. Comprar computadoras sin cambiar las prácticas pedagógicas no garantiza innovación. Pero pedir innovación sin proporcionar recursos tampoco resulta razonable.
Los datos de INEGI muestran que la conectividad nacional continúa creciendo y que la diferencia entre las zonas urbanas y rurales se ha reducido durante la última década. Aun así, persisten brechas importantes, particularmente en el acceso desde los hogares y en las condiciones de infraestructura educativa.
El ABP tiene argumentos sólidos para ocupar un espacio mayor en la educación secundaria, pero la evidencia disponible aconseja mantener los pies en la tierra. Sus beneficios dependen de la calidad del proyecto, del acompañamiento del profesor, del tiempo disponible y del contexto en que se aplica.
Mientras México intenta cerrar sus brechas digitales, el desafío será evitar que la innovación educativa se convierta en otra fuente de desigualdad. El aprendizaje basado en proyectos puede lograr que la escuela mire hacia su comunidad y que los estudiantes aprendan haciendo, investigando y tomando decisiones. La cuestión pendiente es conseguir que esa oportunidad no dependa del código postal de la escuela.